La Asamblea de 2018, Asamblea de la fe y el envío a vivir en esperanza, dejó orientado el camino de preparación a los 100 años del reconocimiento de la Institución como Asociación de laicos en 2024, y para ello ha marcado unos hitos que anualmente nos convocan para actualizar un elemento carismático de la misión y de la espiritualidad.

Acabamos de terminar un año dedicado a una afirmación clave y muy querida a Pedro Poveda: “La Encarnación bien entendida” y hemos entendido que es el principio y origen de la misión vocación que Jesús propuso a sus discípulos y que Pedro Poveda propuso a las colaboradoras de las primeras Academias. Amar lo humano, porque imagen de Dios, respetarlo, valorarlo, humanizarlo y abrirlo a la transcendencia.

En este año 2020, otra afirmación carismática y fundacional nos va a acompañar para entender mejor una característica de la identidad de la Obra y de sus miembros, y de todas aquellas personas que encuentran en el carisma de Poveda una fuente de inspiración y de orientación para su vida cotidiana:

“Singulares en lo interior y comunes en lo exterior”.(1)

En varias ocasiones Pedro Poveda utiliza esta expresión; la primera vez en un documento escrito en Covadonga con fecha 16 de julio de 1912, y que lleva por título ¿Tiene la Obra fisonomía propia?(2)

“Nuestras academias deben tener su fisonomía propia y peculiar, pues, así como no hay persona que no la tenga, toda sociedad, toda persona moral debe tenerla. Y debe ser, además de la general y común que distingue a toda obra católica de las que no lo son, otra peculiar que la caracterice y distinga de las del mismo género, no para vana ostentación, sino para cumplir mejor su destino”.(3)

Era un momento fundacional que nos sitúa de lleno en el paso de Dios por la persona de San Pedro Poveda, un momento definitivo de maduración y de serenidad. De estos años pasados en Covadonga nos queda la reflexión anterior que, aunque escrita en Covadonga en 1912 y dirigida a la directora de la Academia de Oviedo, no se publicó hasta 1917.

Fueron años de vida intensa los que Pedro Poveda pasó en Covadonga de 1906 a 1913, como nos recuerda en uno de sus escritos de 1928, años de intensa reflexión y de elaboración de un sueño: la Obra teresiana. Y lo recordaba con estas palabras: “En fin, siete años de vida intensa en aquel bendito recinto dan mucho de sí, y todo lo que dieron fue en torno del ideal de mi vida, que surgió y cristalizó mirando a la Santina”.(4)

Guadix y Covadonga son para Pedro Poveda, dos referencias claves para comprender la novedad de la idea buena que, poco a poco, se va gestando “con la cabeza y el corazón en el momento presente”(5); es decir, siempre atento a los acontecimientos sociales y culturales de su tiempo.

A Pedro Poveda le interesaba en esos momentos encontrar la manera adecuada para presentar la identidad de la Obra desde su espíritu y desde su fisonomía, con vistas a su reconocimiento como Obra de la Iglesia y como obra laical.

También nosotros en este momento de la historia debemos dejarnos interpelar por la misma búsqueda de Pedro Poveda: “Es necesario, pues, penetrar en el espíritu de nuestra Obra para deducir su fisonomía”.(6)

Cuando Poveda quiere presentar en 1916 el espíritu de la Obra teresiana empieza con una afirmación programática: “Nuestra Obra es un organismo vivo, alentado por un espíritu”.(7) Un organismo vivo, es decir en desarrollo, en crecimiento, en transformación, con necesidad de seguir mostrando la fuerza de la fuente de vida que le permite y le favorece una experiencia de vida en plenitud.

“Este espíritu, había dicho Pedro Poveda en 1912, existe y hay que robustecerlo y hacer que participen de él todos sus miembros y que por él estén informados”.(8)

La invitación a ser “singulares en lo interior y comunes en lo exterior” nos ofrece la oportunidad de profundizar en ese espíritu, en una de las características que, leída desde el hoy, define para Pedro Poveda la identidad de las personas que se sienten llamadas, entonces y ahora, a colaborar en la Obra teresiana.

La conjunción entre dos términos aparentemente opuestos es muy querida por Pedro Poveda y nos sigue ofreciendo elementos de una espiritualidad dinámica, siempre en movimiento, siempre en una tensión positiva, que pide la aportación y la riqueza de los dos términos. No se trata de términos opuestos sino complementarios, singulares y comunes, y su propuesta es llegar a vivirlos de manera integrada.

UNA SINGULARIDAD SAPIENCIAL Y PROFÉTICA

Una manera de entrar en el dinamismo de esta experiencia es entender a qué singularidad se refiere y a qué experiencia común y compartida nos invita. Y cuando se profundiza en la singularidad que propone Pedro Poveda hay una primera orientación clara: se trata de la singularidad del espíritu de Cristo.(9)

Los años fundacionales, 1911-1917, fueron años cruciales para asentar la espiritualidad que Pedro Poveda quería para las personas que iban colaborando en la Obra buena.

El original comienzo del documento “La Obra es Jesucristo”(10) se explica por el modo coloquial en que fue escrito. Originariamente fue una carta del autor a sus colaboradoras en la que salía al paso de ciertos personalismos. Pero pese a esta razón coyuntural, el texto enlaza en profundidad con el discurso que Poveda tenía comenzado tiempo atrás: Obra de Dios, inspirada y sostenida por Jesucristo, y no obra personal. Es un documento único para la comprensión de la espiritualidad “cristocéntrica” del autor que se convirtió rápidamente, dada su importancia, en un documento institucional.(11)

Y resulta interesante ver cómo Pedro Poveda lo va a expresar más adelante, en una exposición oral del año 1931. “En la Institución desde los primeros tiempos se dijo: La Obra es Jesucristo. Y desde entonces podemos decir que todo lo que en los evangelios se expresa acerca de Jesucristo ha sido tema constante para vuestra formación. Que fuera de Cristo no encontréis nada y que todo lo llenéis de Cristo”.(12)

Pero ¿cómo vivir hoy la singularidad del espíritu de Cristo? ¿Cómo ser “cristíferos” en este siglo XXI? ¿Cómo ser auténticamente cristianos y al mismo tiempo dialogantes con aquellos que viven otra experiencia creyente?

El pluralismo religioso es un hecho, una realidad que se ha desarrollado en nuestras sociedades del siglo XXI. Vivimos en una cultura de pluralismo de religiones, de creencias, de espiritualidades.

¿Cómo sentirnos arraigados en Cristo y desde ahí acompañar personas, grupos, comunidades que viven la pluralidad de convicciones de maneras tan diversas y a veces como una amenaza?

Se hace más necesario que nunca el horizonte de una experiencia mística fundamental. Porque el encuentro, el diálogo, el conocimiento y reconocimiento de las diversas experiencias religiosas es una experiencia espiritual a la que el mundo de hoy nos invita y nos apremia.

El papa Francisco en el “Documento sobre la Fraternidad Humana”(13), se dirige a todas las personas que llevan en el corazón la fe en Dios y la fe en la fraternidad humana, y les propone unirse y trabajar juntas para poder orientar a las nuevas generaciones hacia una cultura de respeto recíproco, en la comprensión de “la inmensa gracia divina que hace hermanos a todos los seres humanos”. Y para ello subraya la importancia de “asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio”.

La experiencia a la que nos invita el papa Francisco para poder caminar con la gente y entre la gente, ha ido haciendo suyo este camino de diálogo, de colaboración y de conocimiento mutuo, que se va caracterizando por tres rasgos fundamentales.(14)

Un primer rasgo de esta experiencia espiritual es la necesidad de arraigarnos en la propia tierra, bebiendo y nutriéndonos de lo más genuino de nuestra propia tradición cristiana. “Hasta que Cristo se forme en vosotras”(15), afirmaba Pedro Poveda en un texto que se puede relacionar con el humanismo verdadero, y en el que vuelve a subrayar la centralidad de Cristo, esencial en la formación de todo cristiano verdadero, pero imprescindible, como decíamos anteriormente, para aquellas personas que quieren encarnar un carisma y formar parte de una Obra de la que no duda en afirmar: “La Obra es Jesucristo”.

Un segundo rasgo es la capacidad de acoger las aportaciones de los caminos diversos y muy frecuentados hoy por otras experiencias creyentes. Esto nos pide estar dispuestos a caminar con la gente para cambiar de punto de vista y entender la búsqueda de Absoluto en las otras experiencias creyentes.

Y en fin, una disposición interior de apertura, de libertad interior para mantenernos abiertos hacia un horizonte más amplio, evitando seguridades que nos endurecen, porque excluyen y encierran.

Como decía Pablo en la Carta a los Romanos 3, 29: “Dios, ¿es sólo el Dios de los judíos? ¿No lo es también de las demás naciones? ¡Claro que es también el Dios de las naciones!”.

Vivir y acoger este proceso es una experiencia espiritual que pide atención, interioridad, conversión. En este sentido, es interpelante la reflexión de Etty Hillesum que experimenta, al mismo tiempo, soledad y comunión profunda cuando busca su propio camino interior, atenta a lo que viven las personas que le rodean.

“Conozco dos tipos de soledad. Una me hace sentirme profundamente triste y me hace experimentar un sentimiento de perdición, de vagabundeo, la otra me hace fuerte y muy feliz. La primera se me presenta cuando no siento contacto alguno con mis semejantes ni con nada, porque me siento distanciada de todos y de mí misma, no entiendo el sentido de esta vida, ni ninguna relación entre las cosas, y ni siquiera donde está mi lugar en esta vida. En la otra soledad, por el contrario, me siento fuerte, segura de mí misma, relacionada con todo, con todos, y con Dios, y capaz de afrontar sola la vida, sin depender de la gente. Es entonces cuando me siento integrada a un único universo rico de sentido y capaz de dar en abundancia fuerza y sentido a mi vida y a la de los demás”. (1942).(16)

En estos momentos tan convulsos, ojalá podamos acoger al otro con su propia historia, sinuosa y compleja, en su singularidad y en su libertad, sobre todo a los más vulnerables, que esperan de nosotros gestos de acogida y de solidaridad.

Toda religión, toda experiencia creyente, es única, y cada una de ellas expresa la apertura de la persona humana a Dios, porque son signos de su presencia en el mundo. “Y cuando las religiones se encuentran en el diálogo, forman una comunidad en la que las diferencias se convierten en complementariedad y las divergencias en indicaciones de comunión”.(17)

No se trata de borrar las diferencias sino de consolidar todo lo que nos une como esperanza y comunión. El espíritu de Cristo transciende nuestras evidencias, y nos ayuda a salir de nuestras zonas de seguridad para vivir y anunciar hoy la Buena Noticia que el mundo espera de nosotros.

Cuando leemos el relato de la Samaritana, (Jn 4, 5-43) el evangelista nos dice que Jesús llegó al pozo antes que la mujer. Esta es quizá nuestra tarea. Pero ¿conocemos los pozos hacia los que van las personas cuando están cansadas, cuando buscan sentido a sus vidas? ¿Estamos suficientemente cercanos a ellos para entender en qué fuentes buscan renovación, sentido, respuesta a sus interrogantes fundamentales? Y si estamos cerca, podremos reconocer y sentir que, en esta búsqueda, hay gente muy diversa, no sólo creyentes y no creyentes, también agnósticos, jóvenes y ancianos, refugiados y emigrantes, familias, mujeres y niños, todos los que por razones muy diferentes puedan hoy estar fatigados. ¿Estamos suficientemente presentes y cercanos, vamos a los lugares donde ellos están, como hizo Jesús? Porque si no es el caso, ¿cómo pretendemos caminar con ellos y acompañarlos en el camino de la vida sin acogerlos en los lugares que ellos frecuentan?

Todo esto nos pide el arte de integrar profundidad y arraigo en nuestra propia experiencia, y al mismo tiempo receptividad y acogida, apertura y libertad. Estos son algunos elementos importantes y necesarios para una espiritualidad definida y dialogante fruto de la singularidad del espíritu de Cristo.

Esto nos lleva a una espiritualidad de sabios y de profetas, a una espiritualidad de comunión, que no excluye lo diverso, sino que lo valora, lo aprecia, integra aquello que enriquece su propio camino y comparte lo que puede enriquecer el camino del otro, del diferente.

Es la sabiduría del que es capaz de saborear la vida, desde una interioridad que le da libertad porque le permite transcender y encontrar sentido a la cotidianidad de su existencia. Solo así dejamos huella ante los demás. El hombre y la mujer sabios son referentes que crean libertad y autonomía en los demás, orientan, pero no encierran, tienen una actitud humana y relacional conectada a su propia interioridad, a su originalidad, a la singularidad de su experiencia más íntima, personal y única de su propio camino de amistad con Dios. “Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles”.(18)

Necesitamos interpretar el soplo de Dios en este momento de la historia como un ejercicio de profecía, y abrirnos al espíritu de Cristo para poder discernir lo que Dios está gestando en la historia. Estamos llamados a discernir los signos de los tiempos desde el Evangelio y la persona de Jesús.

“De Cristo podemos aprender todos, sea cual fuere nuestro temperamento, edad, condición sexo y carrera, y al imitarlo no destruimos nuestro modo especial de ser dado por Dios, sino que lo elevamos y santificamos”.(19)

La singularidad del espíritu de Cristo debe llevarnos a vivir y acompañar itinerarios polifónicos, diversos y simbólicos, en donde hacer la experiencia profética y sapiencial. Es una invitación a renovar continuamente el don profético recibido en el bautismo y que nos permite un ejercicio profundo de solidaridad y de corresponsabilidad desde esa bella tradición del sensus fidei, que hace avanzar a la Iglesia a la escucha del Espíritu.

El profeta y el sabio, animados por el Espíritu de Cristo Crucificado y Señor, no son sujetos aislados, solitarios, sino que están vinculados a una historia encarnada, a unas personas concretas, al Dios de Jesús, a un destino común y a una esperanza.

Estamos llamados a vivir la profecía de la singularidad del espíritu de Cristo en el hoy, en medio de las contradicciones de la cultura y de la historia, con una fe profética y sapiencial como forma y estilo de estar en el mundo. Una fe que es respuesta histórica a la búsqueda del ser humano de un Dios que se comunica, se revela, se manifiesta en el espacio y en el tiempo, en la cotidianidad de la vida.

La experiencia profética y sapiencial se comprende como un ejercicio de discernimiento. Contamos con la ayuda del Espíritu para que, tanto personal como comunitariamente, podamos adquirir el hábito del discernimiento.

Debemos ayudarnos a reconocer Su presencia en los rostros de los que nos rodean, para que aprendamos que el tiempo en que vivimos, como expresión de encarnación, y los rostros humanos, con los que caminamos, son verdaderos mensajeros del Dios vivo.

En Pedro Poveda espíritu y fisonomía, singulares y comunes, se enlaza y se entrelaza, porque están profundamente relacionados y arraigados en la persona de Jesús.

“Cristo dentro, cristíferos en el alma; porque si Él vive en nosotros, nuestros modales, nuestra fisonomía, nuestras palabras y obras, revelarán a Cristo. Vivir mucho con Él, para resultar pareciéndole; y si le parecemos tendremos idénticos gustos”.(20)

Es la experiencia que nos propone Teresa de Jesús cuando hablando de la oración dice que se trata de una relación de amistad, personal y única, con Quien sabemos nos ama, y que los poetas de hoy lo expresan con estas palabras:

Cuando me llamas por mi nombre,
ninguna otra criatura
vuelve hacia ti su rostro
en todo el universo.

Cuando te llamo por tu nombre,
no confundes mi acento
con ninguna otra criatura
en todo el universo.

Benjamín González Buelta.

La singularidad del Espíritu de Cristo debe llevarnos a constituirnos en comunidades proféticas, carismáticas y sapienciales.

Comunidades que den sentido a las grandes cuestiones del ser humano y de nuestra cultura. Comunidades que sepan acompañar los procesos de crecimiento de las personas valorando sus sabidurías, sus sensibilidades y sus diversas experiencias creyentes. Siempre con el deseo de incluir y no excluir, de integrar y no desprestigiar. Comunidades “crísticas y cristocéntricas”, es decir descentradas de ellas mismas y centradas en Cristo, caminantes y dialogantes, abiertas a la diversidad y profundamente arraigadas en la singularidad del espíritu de Cristo.

LA FISONOMÍA DE UN ORGANISMO VIVO

Cuando Pedro Poveda afirma en 1916 que la Obra es “un organismo vivo alentado por un espíritu”(21) está queriendo subrayar la importancia de un espíritu que “se muestra en todos los actos que realizamos”. Podemos suponer que está pensando en su propia reflexión sobre la fisonomía de la Obra escrita unos años antes, en 1912, y en donde propone una fisonomía propia y peculiar, singular y común.

En vísperas de la aprobación de la Obra sigue buscando cómo expresar los elementos carismáticos de una identidad definida, por eso se reafirma en que si aspiramos a vivir una vida espiritual intensa, “hemos de ser exteriormente sencillos, humildes; hemos de pasar desapercibidos; hemos de confundirnos con el común de las gentes; no llevaremos distintivo alguno; no pretenderemos singularizarnos en nada; pero interiormente seremos distinguidísimos con la distinción de la virtud, elevadísimos con la elevación de la santidad; singularísimos con la singularidad del espíritu de Cristo”.(22)

Los cristianos de la primitiva Iglesia cercanos al mensaje de la Encarnación y metidos de lleno en la realidad cotidiana están muy presentes en los escritos de Pedro Poveda. Y no solo como referencia de vida espiritual sino también como argumento de la nueva vocación seglar de su Obra, como modo de estar y manera de hacer.

De ahí que nos invite a hacer nuestra la fisonomía de los primeros cristianos expresada en la Carta a Diogneto: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres…”.(23)

En nuestras minorías caminantes y creativas, en las periferias existenciales de las que queremos hacernos próximos y prójimos, vivamos la actitud positiva y pacificadora que describe la Carta a Diogneto. Sin renegar nada del evangelio sabían permanecer entre la gente, solidarios de su realidad cotidiana, y queriendo construir con ellos y desde ellos una ciudad más humana.

La invitación es clara, pero ¿cómo entender hoy, en las realidades tan diversas en las que estamos presentes, el ser “comunes en lo exterior y singulares en lo interior”?

Ser un organismo vivo, decíamos antes, implica capacidad de evolución, de cambio, un dinamismo de vida que le hace ser ágil y despierto, atento y lúcido, flexible y caminante, y como decíamos en la carta “La Encarnación bien entendida”, estar enraizados y encarnados en el momento presente.

La pregunta que nos debemos hacer es, de alguna manera, ¿qué hay en la experiencia humana de este siglo XXI que deba movilizar nuestras mejores energías? ¿Cómo leer los signos de los tiempos para poder asumir caminos de humanización juntamente con los hombres y las mujeres de buena voluntad con los que compartimos nuestro vivir más cotidiano?

“¿Qué caminos estamos llamados a transitar hoy con audacia y creatividad? ¿Cómo imaginar, desde nuestra condición laical, una espiritualidad que responda a los desafíos del mundo y pueda ser seguida por todos sin “abandonar el mundo”, como tantas veces se pidió en el pasado? Ser contemplativos en la acción es una llamada profunda a nuestro ser “laical” para saber vivir su espiritualidad sin dejar sus tareas temporales impregnando todo de luz y sabor. Esto supone, sin duda alguna, riesgo y audacia”.(24)

Varias temáticas inquietan a nuestros contemporáneos que deben interpelar con lucidez y creatividad nuestro carisma y nuestros estilos de vida.

El ser hoy sal y luz nos pide actitudes especialmente significativas para una espiritualidad de cambio y de conversión, propia de vigías y de centinelas, de buscadores de sentido y de caminantes inquietos.

La Asamblea del 2018 nos señalaba algunos de los desafíos de nuestro mundo hoy, que por ser de nuestros contemporáneos son también nuestros, y nos recordaba que responder a estas llamadas nos pide conversión, cambio de mentalidad, apertura de mente y de corazón para mirar de nuevo el mundo, para hacer nuestras las inquietudes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los excluidos.

Ser comunes en lo exterior implica un dinamismo de búsqueda, de estudio y de reflexión, para que las grandes cuestiones de la humanidad sean también las preocupaciones prioritarias de nuestras agendas de encuentros, de nuestras programaciones y actividades: el cambio climático, el mundo migratorio, las desigualdades de todo tipo, la situación de las mujeres y de las familias, la dificultad del acceso a la educación, etc.

Mucho se nos juega en la mirada, en la visión. Poveda así lo hizo. En Guadix, dejándose afectar por aquellos rostros de las periferias de la ciudad, llevándoles la “buena nueva de la educación y la cultura”, y en Covadonga, oteando un horizonte social y cultural, nuevo y desafiante, atreviéndose a proponer, con un grupo de mujeres profesionales de la educación y pioneras, una nueva forma de presencia cristiana en el espacio público.

Hay muchas periferias y la Asamblea nos ha recordado algunas, pero sería importante preguntarnos en qué periferias estamos y hacia cuáles nos sentimos llamados. Qué periferias percibimos en el caminar con la gente en las que podamos estar con ellos y entre ellos para humanizarlas, para transformarlas en experiencias de vida y de crecimiento, en lugares de mayor justicia e inclusión.

Ciertamente, no lo podemos hacer todo. Pero sí podemos hacer algo juntos y caminando con gente diversa y diferente, para pensarlo, discernirlo y comprometernos con ello.

¿Y nuestro vivir diario? ¿Cómo abrir caminos de humanización, cómo ser sal y luz? Volvamos al evangelio para encontrar la actitud adecuada a nuestra manera de ser y de actuar en nuestro vivir cotidiano.

DE JERUSALÉN A JERICÓ

Pedro Poveda observaba la realidad, y buscaba caminos para transformarla en experiencia de vida y de vida en plenitud. Nosotros hoy queremos descubrir el arte de vivir el momento presente, que es donde podemos actuar, discernir nuevos caminos, y hacerlo desde la singularidad del espíritu de Cristo.

Vivir el momento presente es una actitud povedana que compartimos con nuestros contemporáneos, que nos hace ser comunes en lo exterior, siendo al mismo tiempo singulares interiormente. Desde esta clave, la experiencia del hombre que descendía de Jerusalén a Jericó(25) se nos puede hacer cercana.

El Evangelio nos presenta a una persona, un hombre, aparentemente sin nombre, anónimo, cuya única identidad es la de ser una persona humana. Como tantas otras que podemos encontrar en nuestros propios caminos. No sabemos nada de él, ni su nacionalidad, ni su religión, ni su edad, ni su profesión. Todo lo que hoy nos da una identidad, en su caso no parece necesario, así todos podremos reconocernos en él.

Pero su situación va a cambiar repentinamente, cuando agredido por otros hombres, se va a encontrar tirado al borde del camino. Violencia, sufrimiento, abandono,…

También en nuestro vivir diario podemos encontrarnos con periferias de soledad, violencia, exclusión y abandono. Y ante ellas vemos pasar diferentes soluciones, estudios, reflexiones,… y actitudes, de grupos y de personas. Por el relato de Lucas van a pasar tres personajes diferentes. Los que oficialmente son servidores ejemplares, que lo ven y pasan de largo. Quizá piensan que es mejor que actúe la ley, la organización social o, en cualquier caso, los otros. Su identidad les protege y de alguna manera les encierra en ellos mismos, les impide ver, les impide sentir o, en todo caso, no les parece importante ni mirar, ni acercarse, ni interesarse por la situación real que se les presenta.

Y de repente se acerca un samaritano que camina también de Jerusalén a Jericó. El mismo camino, pero en su interior hay algo distinto. Es un excluido, un herético, un marginado. Y todo va a cambiar. Se acerca y se deja tocar, sus entrañas se conmueven y se remueven. No tiene miedo, tiene sentimientos, y una actitud humana fundamental: siente compasión. El samaritano eligió abrir su corazón y responder a la necesidad humana y real que tenía delante. No se detuvo por curiosidad, sino por amor. Y es en ese momento, cuando nace un prójimo, un hermano.

Jesús trasciende todas las fronteras sociales, religiosas, culturales, de parientes y amigos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, y con el buen samaritano nos muestra que todos aquellos que están en necesidad, tienen un prójimo, aunque no lo sepan: el rostro del amor, que es más fuerte que la ley, la norma, los prejuicios sociales.

El relato de Jesús va a hacer pasar al samaritano de una actitud a otra en pocos minutos. La proximidad permite, además de la compasión, la acción. Es decir, la comprensión y la cercanía del sufrimiento del otro, puede generar un comportamiento responsable y libre profundamente humano. Tu prójimo es aquel de quien tú decides hacerte cercano, próximo, amigo y hermano.

Para Emmanuel Lévinas(26) el otro se nos hace cercano, nos invita a ser su próximo cuando le miramos, porque el rostro del otro es manifestación, desafía mi egoísmo y me hace sentirme responsable de él.

Como nos dice Saint-Exupéry, “es el tiempo que has perdido con tu rosa, lo que hace que tu rosa sea tan importante para ti”(27). Solo el tiempo que nos hace vibrar, nos humaniza y humaniza lo que tocamos.

El Samaritano se encuentra ante un hombre como él, pero en su mirada hay algo diferente, algo de la mirada amorosa de Dios. De ahí que los frutos van a estar acordes con el mirar de Dios, con el sentir de Dios, con la compasión de Dios, con la singularidad del espíritu de Cristo.

Y se desencadena la dinámica del amor. Se para, le cura, le monta en su cabalgadura, le lleva al hotelero, y no sólo eso, sino que paga su estancia, pide que le sigan curando y promete volver. El gesto del samaritano ilustra el coraje de distanciarnos de lo que nuestra cultura valora e idolatra y nos invita a una relación diferente y, de alguna manera, al desafío de crear una comunidad nueva, basada en el amor.

Todo ha cambiado y nada aparentemente ha cambiado en su objetivo de ir de Jerusalén a Jericó. La vida del otro, el diferente, el excluido, ha modificado sobre todo su viaje interior, le ha descentrado de él para fijar su mirada en el otro. Y es interesante observar que nunca nombra de manera explícita a Dios, pero sus sentimientos son evangélicos, todo tiene sabor de Dios, gusto de Dios.

Cuántas personas que podemos encontrar en nuestro vivir diario tienen también el gusto de Dios, sin saber explicitarlo, pero lo señalan, lo buscan, y necesitan que, con nuestra manera de mirar y de dar sentido a nuestro hacer, puedan llegar a sentir la acción de Dios, el soplo de Dios, la presencia discreta de Dios en sus vidas. ¿Quién es el verdadero creyente? ¿El que cree conocerlo, o el que busca la cercanía del Otro, del Padre misericordioso, sin saber muchas veces ponerle nombre, ni usar las palabras adecuadas, pero que siente una admiración profunda por el sentido de una vida entregada por amor?

Singulares en lo interior y comunes en lo exterior significa atravesar caminos, cruzar miradas, arriesgar encuentros, y buscar el rostro del que nadie mira para, poco a poco, llegar a sentir y ser su prójimo, su hermano. Detenerse para estar a su lado de modo creativo, real y concreto.

Y este cruce de miradas y de caminos pueden ser nuevas oportunidades para descubrir el arte de vivir el momento presente, y no dejar pasar las ocasiones de ver, mirar y actuar.

«¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo».(28)

Saber pararnos, para aprender a ver y a mirar, abrir espacios a la gratuidad de la contemplación, de la conversación, de la lectura, de la relación. Es absolutamente necesario para una existencia con sentido. Resistir a la dictadura del hacer, abrir espacios libres en nuestras agendas para dar espacio al encuentro, al silencio y a la soledad.

El tiempo para madurar un proceso, un proyecto, una nueva iniciativa es necesario, y el pararnos nos permite tomar altura, una cierta distancia y así poder discernir la opción más adecuada, como un fruto maduro.

Frente a los grandes y rápidos cambios de nuestra época, necesitamos el tiempo de la maduración y de la germinación. En la hiperactividad es más complicado sobrepasar una situación difícil, porque muchas veces la dificultad no está tanto en el tema en sí mismo sino en nuestra propia disposición interior.

Esta es la función de la oración, ese momento gratuito de relación con Quien sabemos nos ama y que es fuente de serenidad, de paz, de consuelo y de misericordia. Es un cruce de miradas que coge la persona entera y la transforma, porque es del orden del amor. Para muchos de nuestros contemporáneos será el tiempo de la meditación, de la búsqueda del silencio interior, y para todos será ese momento precioso en nuestro vivir diario que como decía Gandhi, “Tengo tantas cosas que hacer hoy, que necesito meditar dos veces más”.

La contemplación, como capacidad de abrir espacio para dar tiempo a lo esencial, es un camino de sanación que necesitamos vivir y compartir. La oración nos humaniza y nos enseña la humildad de unas vidas que, por estar encarnadas, necesitan cuidar el ritmo de sus días y de sus años, de sus fuentes de inspiración y de su creatividad, de su fragilidad y de su capacidad de mirar el futuro con esperanza.

De ahí que cuando Pedro Poveda se pregunta cómo definir el carácter peculiar de la Obra, su espíritu y su fisonomía, no duda en afirmar dónde está el secreto:

“La fisonomía de nuestra Obra debe ser atrayente, con la atracción de una dulce y suave fortaleza, en medio de un reinado de paz, fruto del amor, del sacrificio y del trabajo. ¿Cómo adquirir aquel espíritu y esta fisonomía? Mejor, ¿cómo adquirir el espíritu que se traduce en tal fisonomía? Poniendo a Dios en el corazón. Este es el secreto”.(29)

MARÍA DE NAZARET,
LA SINGULARIDAD DE LA PRIMERA DISCÍPULA

El relato de la Anunciación (Lc 1, 26-30) nos presenta a María como la primera discípula, la que escucha, acoge la palabra de Dios y actúa de acuerdo con ella, la que consiente a la acción del Espíritu y asume su parte en la obra de la salvación, porque hace posible la singularidad de la Encarnación, convencida de que para Dios nada es imposible.

Cuando María dice sí a esta invitación de Dios, acepta entrar en un itinerario desconocido que no sabe hacia dónde la lleva, pero que recorre con la confianza de que Dios está con ella siempre, y que merece la pena ser discípula, colaborando así a la acción salvadora de su Hijo.

La respuesta de María, tal y como la vemos en el relato evangélico, nos sitúa ante una mujer creyente. En su propio camino de fe percibimos la misericordia y la providencia de Dios que desea liberar y salvar al mundo dándole todo su amor, un amor singular y único.

También María, como el buen samaritano, toma una decisión que va a cambiarle la vida. Deja atrás su vida privada y se embarca en el plan de Dios para toda la humanidad. Como mujer abierta al Espíritu colabora con Dios en la creación de un mundo nuevo. Acepta el riesgo de una misión a la que Dios la vincula de manera definitiva y recibe la fuerza del Espíritu que le da sentido, creatividad, aliento de vida… para crear algo nuevo en ella y a través de ella. Mujer valiente y libre, creyente y discípula, con su FIAT hace posible que Dios entre en nuestra historia.

Cuando Isabel y María se encuentran y reciben el Espíritu, podemos reconocerlas como dos “profetisas embarazadas” que siembran esperanza30, capaces de llevar buenas noticias a todos; mujeres que encarnan en sus vidas y en sus cuerpos, la misericordia de Dios y la proclaman. Mujeres que se reconocen en el encuentro, se afirman mutuamente y se acompañan en la situación vital en la que se encuentran.

Si el sí de la Anunciación expresaba solidaridad y colaboración con el proyecto de Dios, en el Magníficat, María expresa un canto de liberación, personal y social, y cómo los marginados y explotados, excluidos y abatidos… cuentan con el favor de Dios.

Por eso el cántico de María no puede leerse solo en clave espiritual. De la misma manera que en las bienaventuranzas Jesús se pronuncia a favor del pobre y del que sufre, el Magníficat de María ensalza la opción de Dios por los empobrecidos y tratados injustamente.

María en el Magníficat alienta a todos, abre la puerta a la esperanza y alaba a Dios porque con su amor, cambia radicalmente las dinámicas opresoras y los sistemas injustos, y se pone del lado de los pobres, los sencillos y los humildes. Este es el proyecto de Dios, el triunfo del amor, de la misericordia, de la compasión. Contemplar y anunciar este amor, es la misión de la primera discípula y la de todos los que como ella queremos ser discípulos del resucitado.

Los textos de Pedro Poveda sobre María, la madre de Jesús, son programáticos para la singularidad que estamos profundizando. Pedro Poveda nos invita a una “modalidad inconfundible”(31) en nuestra relación con María, que le hace escribir en junio del mismo año: “Y si con María y por María conseguís la posesión del divino Espíritu, la Obra será tan fecunda, tan firme, tan sólida, tan divina, como lo son todas las que informa y vivifica ese Espíritu”.(32)

María, como mujer creyente y primera discípula, supo permanecer en el camino de la fidelidad, junto a su hijo, viéndole crecer, viéndole hacerse hombre y Dios, viéndole entregar su vida día a día, viéndole amar, perdonar, liberar, desde esa distancia necesaria para que Él llevara adelante su misión.

María supo permanecer junto a la Cruz, de pie, con dignidad, con esperanza, con la confianza de quien no necesita signos para saber que Jesús, su hijo, era el Señor, el Resucitado, el vencedor de la muerte para siempre.

Ojalá descubramos esa manera “inconfundible” de la que habla Pedro Poveda para aprender de María a encarnar la singularidad del espíritu de Cristo, con un estilo de ser y de actuar que dará fecundidad, firmeza, solidez, sabor y gusto de Dios a nuestro vivir cotidiano.

Para guiar nuestro caminar a lo largo del nuevo año expresaremos nuestra confianza en el Dios encarnado clamando:

LEMA Institución Teresiana 2020.

“Como a María, la primera discípula, danos un corazón que escucha y acoge para hacer lo que Él nos diga”.

Un abrazo fraterno.

Maite Uribe

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  1. Pedro Poveda, Obras I. Creí por esto hablé, 1917 [93]. Madrid, 2005. (A partir de aquí Obras I. Creí por eso hablé se cita como CpH).
  2. CpH, 16 de julio 1912 [66].
  3. Idem.
  4. CpH, [295]. *Santina, nombre familiarmente utilizado en Asturias para la Virgen de Covadonga.
  5. CpH, [521].
  6. CpH, 16 de julio 1912 [66].
  7. CpH, 1916 [78].
  8. CpH, 16 de julio 1912 [66].
  9. CpH, 1916 [78].
  10. CpH, enero 1917 [84].
  11. Cf. María Dolores Gómez Molleda, en CpH, págs. 221-222.
  12. CpH, 27 de septiembre de 1931 [359].
  13. Papa Francisco, “Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la coexistencia común”, Abu Dabi, 4 de febrero 2019.
  14. Javier Melloni, Hacia un tiempo de síntesis. Barcelona, 2011.
  15. CpH, 17 febrero 1919 [112].
  16. Etty Hillesum, Diario. Barcelona, 2007.
  17. Jacques Dupuis, Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso. Santander, 2000.
  18. CpH, marzo 1925 [210].
  19. CpH, enero 1917 [84].
  20. CpH, 1918 [95].
  21. CpH, 1916 [78]
  22. Idem.
  23. Carta a Diogneto. Anónimo, finales del siglo II.
  24. Consuelo Vélez, “Identidad y misión laical” Encuentro de Asesoras ACIT. Bogotá, 6 de septiembre de 2019.
  25. Enzo Bianchi, Raccontare l’amore. Parabole di uomini e donne. Milán, 2015. (Hay edición en español con el título: Narrar el amor. Santander, 2015).
  26. Emmanuel Levinas, Humanisme de l’autre homme. Montpellier, 1972. (Existe versión en español con el título Humanismo del otro hombre. México DF, 2005).
  27. Antoine de Saint-Exupéry.El principito. Capítulo XXI.
  28. Lucas 10, 25-37.
  29. CpH, 1912 [66].
  30. Elizabeth Johnson, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos. Barcelona 2005.
  31. CpH, mayo 1927 [238].
  32. CpH, 5 junio 1927 [239].

 

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