Bilbao, 27 de diciembre de 2018

Maite Uribe Bilbao: Directora de la Institución Teresiana.

Carta del año 2019

La Asamblea de todas las Asociaciones a.e. y la XVIII Asamblea General, que han tenido lugar en julio y agosto de 2018 en Los Negrales, han sido momentos fuertes de verdad y de libertad, de comunión y de diversidad, de fe y de esperanza, de encuentro y de envío.

Un envío que queremos compartir con todas aquellas personas que encuentran en el carisma de Pedro Poveda una inspiración para su vivir cotidiano, un envío a ser

Testigos de esperanza y comunión,
llamados a salir de nuestra tierra.

Es una fuerte llamada a vivir en esperanza, a transmitir esperanza, la esperanza que nos hace sentirnos enviados por el Dios de Jesús que nos dice como al profeta Amós: ¡Ve y profetiza a mi pueblo!

Las Asambleas han removido y renovado nuestro ser y nuestro hacer, nuestra vocación-misión y nuestro compromiso, nuestro estilo de vida y nuestras opciones cotidianas. Porque nos invitan a un cambio de mirada, a una manera diferente de ser y de estar en nuestra propia realidad, en la que tenemos la certeza de que el Resucitado nos precede y nos acompaña. Él es la fuente y el origen de nuestro envío para ser testigos de esperanza y comunión allí donde la gente nos espera, especialmente los más desfavorecidos.

Terminamos un año que hemos querido vivir desde la gratitud, la acción de gracias, esa actitud que brota del corazón al reconocer que el Señor ha estado grande con nosotros, y así ha sido, por eso estamos alegres.

Como pueblo, como familia teresiana, hemos experimentado la fuerza de vivir desde:

  • la gratitud, por tantos bienes recibidos gratuitamente a lo largo de todo este año de parte de Dios y de los demás, y muy especialmente de las Asambleas;
  • la pasión por el presente y sus urgencias proféticas, un presente que Dios nos regala, al que Dios nos envía, y en el que su Espíritu sigue actuando;
  • la confianza hacia el futuro, la esperanza, porque nos sabemos llamados y enviados por el Dios de Jesús, que es fiel y cumple sus promesas.

Y por todo ello estamos alegres.

La experiencia de las Asambleas nos ha dejado sabor de encrucijadas, paradojas y dilemas, como nos decía Joaquín García Roca, que nos invitan a estar despiertos, inquietos, vigilantes, para superar resistencias e inercias, y sobre todo para poder juntos apostar por el Reino con imaginación y creatividad. Encrucijadas, paradojas y dilemas, que nos hacen crecer siempre que no nos paralicemos ante el cruce de caminos, ante las dificultades y las resistencias.

También para Pedro Poveda el periodo de 1918 a 1924 fue un periodo fuerte e intenso de encrucijada, que le pidió reflexión, estudio y discernimiento, para consolidar una Obra que había recibido la aprobación diocesana en 1917 y buscaba abrirse a nuevas culturas, a nuevos desarrollos organizativos, a nuevos retos. Ahora toda mi atención, todas mis influencias y todos mis recursos deben emplearse en consolidar la Institución Teresiana, que es la Obra de Dios (1). Fue un periodo de cuestionamientos fuertes a una Obra que iba a contracorriente, por eso los escritos de esa época, fruto de su profunda convicción del valor de una Obra de Dios, nos guiarán en el sexenio 2018- 2024 para llevar adelante con fidelidad creativa las orientaciones de las Asambleas y prepararnos a celebrar en 2024 el centenario de la Aprobación pontificia.

Buscadores de lo humano

Cuando en 1915 se celebraba el IV Centenario del nacimiento de Santa Teresa, las nacientes Academias Teresianas se unieron a la celebración de tal acontecimiento, como otras muchas realidades educativas y religiosas en la España de aquella época. Porque uno de los temas de la actualidad cultural y social en ese momento era la reforma del hombre. Recuperar al hombre en un mundo deshumanizado.

También Poveda, desde sus primeros años de sacerdote, y durante toda su vida, siente la pasión por el hombre, por la persona humana. Buscador de lo humano, nos dice Flavia Paz Velázquez, Poveda percibe como valor supremo del hombre, la posibilidad del encuentro con Dios, en quien descubre el sentido de su existencia (2).

Y porque no puede evitarlo, sigue comentando Flavia Paz, Poveda piensa en el sistema de ideas, y sobre todo en el estilo de persona que llega desde otras propuestas que las que él mismo hace a las Profesoras de la Normal, y busca con crítica lucidez el ideal de persona que desea ver realizada en su Obra… Y, después de intercambiar con Josefa Segovia, Pedro Poveda expone sus ideas sobre un nuevo talante humano en un texto, que, por su visión sobre el estilo de espiritualidad de sus colaboradores, se ha hecho programático para la Institución Teresiana (3).

Las expresa en una carta que dirige a María del Mar Terrones4, una joven médica, moderna, audaz, que se inicia en el estilo que Pedro Poveda quería para la Obra, después de leer un artículo de un padre agustino sobre la Santa.


  1. Pedro Poveda. Al Obispo de Burgo de Osma, 4 noviembre 1923. En Obras I. Creí por esto hablé. Narcea S.A. de Ediciones. Madrid, 2005.A partir de aquí se citará CpH.
  2. Flavia Paz Velázquez, Una Institución se abre camino. c 1997, pág. 11.
  3. Cfr.1.
  4. Pedro Poveda. Obras V. Epistolario 1898-1917. Narcea S.A. de Ediciones. Madrid, 2012. [156].

“Con solo atender al carácter eminentemente humano de aquella vida, por otra parte, toda de Dios, henchida totalmente de Dios (…) es, sin género de duda, Santa Teresa de Jesús una de las almas más generosas y simpáticas que han descendido a este mundo.

Carácter eminentemente humano. (…) Yo deseo que nuestra Obra sea así. ¿No os parece un acierto que nuestra empresa lleve el nombre de teresiana?

Aquella vida toda de Dios. Así ha de ser vuestra vida: toda de Dios. Pero siendo de Dios toda, debe distinguirse por el carácter eminentemente humano, el cual, informado por una vida toda de Dios, se perfecciona, pero no se desnaturaliza.

Que así fue SantaTeresa,¿quién lo duda?Y que porque lo fue conquistó tan universal simpatía, ¿cómo no reconocerlo? Si aquella vida era toda de Dios, ¿podría no ser generosa?

Henchida de Dios. Sí; del Dios que hizo lo humano para perfeccionarlo y no para destruirlo. (…)

Yo pienso si, en vidas muy humanas; casas en donde el humanismo impere.Pero como entiendo que esas vidas no podrán ser cual las deseamos si no son vidas de Dios, pretendo comenzar por henchir de Dios a los que han de vivir esa verdadera vida humana; por consagrar a Dios los miembros de la familia en que ha de imperar ese verdadero humanismo. (…)

¿Pretender destruir lo humano? Jamás; es una quimera. ¿Intentar la perfección de lo humano por medios diferentes? Vano empeño. ¿Prescindir de Dios para perfeccionar su Obra? Necia ilusión. ¿No te parece sencillísimo el procedimiento, racional el proceso e infalible el resultado del sistema? (…)

La humanidad fue tomada por el Hijo de Dios para no dejarla jamás (…)

La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo, con la santidad más verdadera, siendo al mismo tiempo humano, con el humanismo verdad. Siendo así, seremos generosos y nuestra Obra será simpática. ¿Modelo? Santa Teresa de Jesús…”(5).

Esta paradoja es la que ha elegido la XVIII Asamblea General, para acompañar este primer año de puesta en marcha de sus orientaciones y acuerdos.

Es una manera de presentar una tensión propia a la vida espiritual: expresar de manera dinámica dos realidades que no se oponen, sino que se integran, no se excluyen, sino que se completan, porque se tejen y se entretejen, se articulan, y nos invitan a vivirlas de manera armónica, que es lo propio de la espiritualidad de encarnación que Pedro Poveda quiere para los colaboradores a una Obra que es Obra de Dios.

La paradoja, la tensión entre dos elementos, permite entender, comprender, armonizar y valorar cada uno de ellos, sobre todo cuando se viven desde un profundo diálogo interior.


  • 5. CpH. [74] 1915.

La Carta a Diogneto lo expresa con sus propias palabras cuando dice que “los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres… obedecen las leyes establecidas, pero con su modo de vivir superan estas leyes”. Una actitud positiva y pacificadora, que les permite vivir en medio de la sociedad, con simpatía ante todo lo humano, porque son ciudadanos como los demás, pero en el plan de la ética, hay prácticas que no las hacen suyas, aunque les cueste la vida, porque son vigías de una Buena Noticia que transforma radicalmente las relaciones humanas. ¿El secreto? Saberse habitados interiormente por el Dios de Jesús.

Veinte siglos más tarde, el Concilio Vaticano II lo hará suyo, en uno de los textos más importantes del Concilio: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (6). Convicción vivida desde la tensión espiritual tan querida por Poveda, es decir, sin retirarse ni aislarse, sin dejarse atrapar por el miedo de ser minoría, y sin grandes alardes innecesarios, al contrario, buscando unir fuerzas, para construir una ciudad más humana, siendo sal y levadura, llevando con ellos el secreto de una Presencia amiga, que nada ni nadie podrá quitarles.

Es la humilde pedagogía de lo cotidiano, que presta atención con mirada discernidora a lo que nace, a lo que crece, a lo que surge de novedoso, para valorar lo esencial y dejar a un lado aquello que parece secundario, para no caer en un peligro que puede amenazarnos: la globalización de la superficialidad (7).

Pedro Poveda quería que estuviéramos, como él lo estuvo en su momento, atentos e inquietos y a la escucha de los tiempos en que vivimos, tiempos recios, tiempos difíciles, y a la vez nuestros tiempos, el aquí y el ahora para los que Dios nos ha llamado y nos ha confiado una vocación-misión.

De cierta manera Poveda nos dice que la Encarnación, bien entendida, es el principio y el origen de la misión-vocación que Jesús propuso a sus discípulos, que él propuso a las colaboradoras de las primeras Academias, y que hoy acogemos como inspiración profética para nuestra vida.

En tiempos de grandes mutaciones, en una época como la nuestra de transición acelerada, pluralista y a veces contradictoria, Poveda subraya de manera dinámica aquello que permita ayudar a la persona a alcanzar su verdadera vocación humana.

Por eso le gusta la paradoja, como expresión de tensión humana y espiritual, porque no solo ayuda a comprender mejor este mundo en el que vivimos, sino, sobre todo, a presentar de manera dinámica algunos equilibrios de la vida humana que solo pueden mantenerse desde la atención y el respeto a la complementariedad, a la diversidad, a la riqueza de las diferencias que nos presenta la realidad en la que vivimos.

Una realidad cada vez más compleja, con múltiples aspiraciones y expresiones religiosas, con convicciones de sentido también plurales: nuestra realidad. La realidad, a la que Dios nos envía, el lugar teológico donde Dios nos sale al encuentro, donde la misión y la vocación nos invitan a reconocer en cada rostro la humanidad de Jesús.


  • 6. Gaudium et Spes, Cap 1.
  • 7. Adolfo Nicolás, s.j.

En este momento de la historia de la humanidad, y pensando en las sociedades en las que estamos presentes, una cuestión fundamental es cómo entrar en ellas “sumando y no restando, en un tiempo que será de aquellos que sepan incorporar e incluir” (8).

Algunas paradojas, o dilemas desarrolladas por Pedro Poveda en sus escritos nos resultan conocidas y motivadoras. Recordamos entre otras: Identidad y misión, fe y ciencia, oración y estudio, transigentes e inquebrantables, naturalidad y laboriosidad, fortaleza y amor, singulares en lo interior y comunes en lo exterior.

Abordar el dinamismo de cada una de ellas nos permitiría entender la originalidad de la espiritualidad de encarnación que Pedro Poveda ha querido para los cristianos que se inspiran en su carisma. La XVIII Asamblea General, propone ir profundizando algunas a lo largo de este sexenio y ha elegido para el año 2019: eminentemente humanas y todas de Dios.

Nos la ha ofrecido para que podamos actualizarla, entenderla, hacerla nuestra, y para que en este año post-Asamblea podamos renovar nuestra manera de ser, de estar y de actuar, tanto en nuestra vida personal como en las diferentes expresiones de una vida asociada como la nuestra, la familia, la profesión, las diferentes actividades de misión, los espacios comunitarios, los grupos, etc.

La novedad de la encarnación atraviesa nuestro ser, estar y hacer.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos dios envió a su Hijo, naCido de mujer (gal 4,4)

La Encarnación es plenitud, plenitud de la comunicación de Dios, de la cercanía de Dios, de la revelación de Dios. Es interesante poner en paralelo este texto de Gálatas (4,4) con otro de Pablo a los Colosenses (1,15) en el que afirma: Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.

Para Pablo, Jesús es la imagen del Dios invisible, y con ello refleja uno de los deseos más profundos del ser humano: ver a Dios. Nuestros contemporáneos desean no sólo ver a Dios, sino que les mostremos dónde está Dios. Y sabemos que cuando los deseos más profundos del corazón humano encuentran respuesta, aunque sea parcial, les favorecemos hacer una experiencia de esa plenitud a la que nos sentimos llamados: buscar y reconocer a Dios, entrar en relación y en amistad con Él.

Por eso presentar nuestra misión-vocación, nuestra espiritualidad, desde la experiencia profunda de la Encarnación, tiene consecuencias muy importantes para nuestro estilo de ser, estar y hacer, para nuestro estilo de vida, para la experiencia creyente que queremos vivir y compartir inspirada en el carisma de Poveda.

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?, (…) le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies, nos dice el salmista en el Sal (8).


  • 8.- Joaquín Garcia Roca. Copia de las charlas para los participantes en la A.T.A. a.e. Los Negrales-Madrid, 2018.

Es necesario entender las consecuencias de la Encarnación, para poderla expresar y vivir de la manera más adecuada.Y una primera consecuencia fundamental es la mirada de Dios sobre la persona humana. Para Dios, toda persona y cada persona, es una maravilla, digna de una atención única e inestimable.

Experimentamos cada día, y en diferentes campos de la cultura y del saber, la enorme capacidad y riqueza de la persona humana, y junto a esto el gran desafío de ser personas eminentemente humanas, porque implica el entender que es a la vez don y tarea, gracia y responsabilidad, germen y fruto, camino de crecimiento y promesa de plenitud.

Estar llamados a la plenitud del ser, del estar y del hacer significa estar llamados y enviados a ser plenamente humanos, a humanizar todas las dimensiones de nuestra vida: las relaciones, la gestión de nuestro quehacer profesional, familiar y social, la cultura, la dimensión institucional, el tiempo y el espacio.

Jesús, compartió con sus discípulos dos experiencias fundamentales: el estar con ellos, por eso les dio espacio y tiempo, y el darse a sí mismo, el entregar su vida hasta el final. Dar espacio y ofrecer tiempo, disponibilidad, escucha, en un mundo tan frenético y apresurado es un arte de vivir que todos debemos cultivar. Espacio y tiempo para ser, para hablar o estar en silencio, espacio y tiempo para existir y dejar existir al otro. El Dios de Jesús, nos deja un espacio tan grande, nos ofrece una tal libertad, que a veces ni siquiera percibimos su presencia. Dios no nos abruma, nos deja respirar (9).

En Jesús, Dios se ofrece incondicionalmente, sin reservarse nada, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (10). Su amor es un amor que libera, y no posee, un amor que ofrece espacio y tiempo a la escucha, a la conversación, a la palabra que abre y no cierra, no concluye, porque es encuentro, intercambio, enriquecimiento mutuo, deja la libertad a la persona de reconocer su propio camino de búsqueda para imaginar con esperanza el futuro. Nuestra esperanza está en el espíritu de Dios que mira la confusión y el caos de nuestras vidas, para recrearlas, para abrirlas a la verdadera vida.

Cuando leemos los relatos de la creación en la Biblia, descubrimos la persona humana como fruto de un acto creador de Dios, un acto de amor y de confianza, Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza, una promesa de vida y de eternidad a imagen de Dios.

Desde ese mismo momento el ser humano es un ser vocacionado, llamado a mantenerse en una tensión amorosa y libre ante la mirada de Dios, a ser él mismo y a vivirse en relación, en alteridad, en una cercanía y en una proximidad con Dios particular y única.

Y todo ello al estilo de Jesús, el salvado y el salvador, el resucitado y el dador de vida, el primero entre todos, el único plenamente hombre y plenamente Dios, en quien la promesa está cumplida, y que es para nosotros la clave de la comprensión de lo que significa vivir, vivir plenamente, vivir para siempre, vivir en y desde el amor, un amor recibido y comunicado, y en una total y definitiva reconciliación con nosotros mismos, con los otros, con el universo y con Dios.


  • 9.- Timothy Radcliffe, El borde del misterio.Tener fe en tiempos de incertidumbre, Ediciones Mensajero, 2017, págs. 20 y ss. 10 Jn 13,1.

Esto puede pedirnos a veces ir a contracorriente, romper con las maneras que nos ofrecen hoy las sociedades en las que vivimos: la sed de poder, de dominar, de poseer, de triunfar a cualquier precio, y no dejarnos atrapar por ello. En lo más ordinario de nuestra vida cotidiana, ser plenamente humanos y de Dios, es una invitación a interiorizar un estilo de ser persona y de vivir nuestra ciudadanía integrando la tensión del que quiere que el Reino de Dios se haga cercano, encarnado, de que se abran espacios de verdad, de justicia y de paz para todos, en las relaciones personales, familiares, sociales y políticas.

Esta tensión espiritual es la única condición para abrir la realidad en la que nos movemos al misterio de Dios, al deseo de Dios, y de que Dios se encarne de nuevo en la historia a través de gestos humanos. Esto es lo que queremos expresar cuando afirmamos que la Encarnación es plenitud de la comunicación de Dios, de la cercanía de Dios, de la revelación de Dios.

Una plenitud que se ha encarnado en Jesús, nacido de María, al que todos podemos imitar, porque como nos recuerda Pedro Poveda: De Cristo podemos copiar todos, sea cual fuere nuestro temperamento, edad, condición, sexo y carrera, y al imitarlo no destruimos nuestro modo especial de ser dado por Dios, sino que lo elevamos y santificamos (11).

En la plenitud de los tiempos nació Jesús, Dios encarnado, el Emmanuel, el Dios humano con los humanos, de quien podemos aprender a ser plenamente humanos y de Dios.

La enCarnaCión bien entendida,
“Ha HeCHo de mí una persona” (12)

Este acto creador del Dios dador de vida, significa radicalmente que no somos el origen de nosotros mismos, que hemos nacido en un mundo que nos ha sido dado, que hemos venido a una realidad que nos precede, que nuestra existencia la debemos a otras personas, y esta realidad de dependencia nos hace entender algo mucho más profundo y radical: no somos autores de nosotros mismos, hemos recibido la vida como un gesto de bondad y de amor, hemos sido creados para vivir de la misma vida de Dios.

“A lo largo de sus escritos Poveda insistirá en que las ideas emergentes en la cultura de su tiempo no tenían por qué ser excluyentes, y que estas ideas deberían entablar un dialogo con la fe, fructífero para la cultura, superando contradicciones aparentemente insalvables: duda- fe, ciencia-filosofía, evolución-tradición. Para Poveda, escribe la profesora F. Elizondo, “no había incompatibilidad entre la libertad y la autonomía de los seres humanos y el reconocimiento del Creador”. La religación a Dios como constitutiva de lo humano fue una convicción de base en el humanismo de Poveda como lo fue en su propuesta educativa: identificó la más alta manera de ser humano con la acogida del Dios que crea y recrea nuestro ser” (13).

Por eso, desde nuestro nacimiento estamos marcados por una característica propia al ser humano: el deseo, el deseo de ser, de ser en plenitud, de vivir plenamente, de realizarse totalmente. El deseo es ese motor único y necesario que nos moviliza y nos impulsa hacia el sueño que Dios tiene sobre cada uno de nosotros al darnos la vida, una vida que lleva en germen nuestra propia plenitud. He venido para que tengáis vida y vida en abundancia (14). Ese es el sueño de Dios sobre el ser humano, sobre cada uno de nosotros. Una vida plena, una vida en abundancia.


  • 11.- CpH. [84] 1917.
  • 12.- Testimonio de un habitante de las cuevas de Guadix.
  • 13.- Nota explicativa a CpH. [74].
  • 14.- Jn 10,10.

Experiencias humanas como son el amor y la amistad nos hacen ver que somos seres de deseo, de crecimiento, y al mismo tiempo, experimentamos que nunca el deseo se satisface plenamente. Para Agustín, Dios está cerca de todo ser humano, de su corazón y de su razón, y que en lo más profundo de cada ser humano hay una búsqueda misteriosa y permanente: Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (15).

Es otra manera de expresar que en todo deseo humano está el eco de un deseo más grande, de una plenitud hecha de cercanía y de distancia del otro y del OTRO, del cercano y de la transcendencia, del gesto de amor creador de nuestra propia existencia, y de todos los gestos de amor que nos siguen dando cada día la capacidad de vivir, de existir, de “hacernos personas”, como diría el cuevero de Guadix.

La Encarnación bien entendida es la mejor manera de creer en la belleza de la persona humana, en su capacidad de realizarse en el día a día, en su deseo de amar y de querer alcanzar la plenitud del ser.

El deseo de Dios, de la trascendencia, de la belleza y de la bondad, el deseo de entrar en relación con el otro, de conocerlo, de amarlo, y también de dejarse amar y conocer, marca nuestras vidas para siempre. Es la mejor prueba de que somos seres de deseo. Por eso nos dice Santa Teresa: Pobre alma la que hasta en deseos se contenta con poco. Porque el Señor no sólo da deseos, sino fuerzas para ponerlos por obra (16).

La experiencia de sabernos llamados a la plenitud del ser se asemeja a la experiencia del caminante que atraviesa cruces y encrucijadas, que experimenta subidas y bajadas en su actitud y en su capacidad de recibir y de compartir, de acoger y de dar a lo largo del camino.

Porque el deseo de plenitud está hecho de avances y de retrocesos, de desviaciones y de salidas del camino, pero también de ese cruce de miradas que nos recrean, nos salvan, nos hacen personas porque nos vuelven a situar en la buena dirección.

Cuando sentimos la inseguridad de la oscuridad, la turbación de los ruidos desconocidos, el miedo que da el avanzar en tinieblas, ojalá escuchemos, como el ciego, una voz que nos pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? (17) Y podamos acoger esa mirada que nos permita tener esperanza y fortaleza para romper barreras, iluminar tinieblas, y descubrir en cada mirada un hermano, una hermana, y en cada persona el rostro de Dios.

La mirada de Jesús al joven rico del evangelio de Marcos (18), le permitió sentir un vacío interior, echar en falta algo fundamental en su vida. Por eso le pregunta: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? En la visión bíblica, la vida eterna es la plenitud de Vida que Dios desea para nosotros. Buscaba plenitud, buscaba un ideal hacia el que caminar.

Y la respuesta de Jesús es clara:“¡Ven, y sígueme!” No vivas tu vida como una sucesión de deberes, obligaciones, normas, vive sabiéndote amado infinitamente, eternamente.


  • 15.- San Agustín, Confesiones (I, 1,1).
  • 16.- Cfr. Santa Teresa de Jesús, V (21, 5) y 6M (6,3 y ss).
  • 17.- Mc 10,46.
  • 18.- Mc 10,17-30.

La plenitud de vida que Jesús le ofrece es un amor con sabor de eternidad, un amor que no muere nunca, un amor de misericordia, que perdona, que acoge y no excluye, un estilo de vida que la hace fecunda, generosa, porque abre a un horizonte infinito. Por eso le miró con amor, dice el relato de Marcos. Le invitó a aligerarse de lo que podría centrarle en él, encerrarse en él, y le propone liberarse de aquello que le impedía mirar hacia afuera, descubrir las necesidades de los demás, compartir con ellos.“Vete y comparte”, Jesús entendió que su mayor obstáculo eran sus propios bienes.

Jesús no pide lo mismo a todas las personas con las que se va encontrando en el camino. La riqueza puede tomar formas bien diferentes según las personas: no sólo es el dinero, pueden ser los talentos que compartimos o guardamos para nosotros mismos, el tiempo que damos o negamos a los demás, un aire de superioridad en el saber, en el atesorar competencias o dones recibidos.“Una sola cosa te falta: vende, da, comparte… Luego ven y sígueme”.

Ojalá descubramos lo que nos falta para seguirle, o dicho de otra manera, lo que nos impide ser plenamente la persona que estamos llamadas a ser.

Este encuentro de Jesús, aparentemente, parece un fracaso, como a veces podemos haber experimentado en nuestra propia vida, pero en realidad, no sabemos lo que pasó… Esa mirada de amor de Jesús al joven rico, como gesto de amor, de confianza, de misericordia, tiene valor de eternidad, de apertura, de invitación. Es ofrecerle un camino al deseo de ser persona y quizá el joven rico lo recorrió.

Cuántas veces una mirada, un gesto de acogida, de inclusión, de valoración de la persona que cruzamos en nuestro quehacer cotidiano, puede ser para ella liberadora, porque suscita el gusto por la vida, por la relación con ella misma y con los demás, capaz de reorientar de nuevo su vida.

Esta reflexión nos hace entender que la Encarnación bien entendida, el carácter eminentemente humano, la pregunta ¿qué quieres que haga por ti?, pide promover una pedagogía del deseo, un aprendizaje del deseo, una purificación del deseo, que armonice la búsqueda que tiene toda persona humana de una vida plena, realizada, como seres llamados a la plenitud, y el deseo de Dios que nos abre a la transcendencia, a una vida con sabor de eternidad.

Solo así el carácter eminentemente humano puede alcanzar su verdadera profundidad: ser hombres y mujeres capaces de compaginar libertad y responsabilidad, autonomía y solidaridad, personalidad propia y apertura al otro y a Dios.

Vidas humanas que buscan crear y recrear una experiencia humana en Dios y desde Dios, con un talante amable y atrayente, dejando que cada uno sea como Dios le permita, pero siendo para todos como debéis ser (Santa Teresa, Libro de la Vida, Cp. 22, 7).

Vidas buscadoras de lo humano y buscadoras de Dios, porque son vidas todas de Dios, del Dios encarnado en nuestra historia, que ha tomado rostro humano en Jesús, y que es para la Obra inspiración, sostén, modelo, teoría, práctica, todo, en suma.

Para los hombres, expresa Jesús en el mismo relato del joven rico, esto puede parecer imposible pero no para Dios; porque para Dios todo es posible (19).

Es muy popular este poema, de un autor o autora desconocido -aunque hay quien lo atribuye al escritor portugués José Saramago-, que nos ofrece una interesante reflexión sobre “los posibles” de una vida movida por los deseos.

¿Que cuántos años tengo?
¡Qué importa eso! ¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso…
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido…
Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo! ¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros que “estoy en el apogeo”.

Pero no es la edad que tengo,
ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás! ¡O estás muy viejo, ya no podrás!

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces, es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada y otras…
es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Que cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número,
pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas…
¡Valen mucho más que eso!

¡Qué importa si cumplo treinta, cuarenta, cincuenta o más!
Pues lo que importa: ¡Es la edad que asiento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo, la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos.


  • 19.- Mc 10,27.

¿Que cuántos años tengo?
¡Eso a quién le importa!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.
Qué importa cuántos años,
¿cuántos tengo, o cuántos espero?
Si con los años que tengo… ¡aprendí a querer lo necesario y a tomar sólo lo bueno!

Llamados a la plenitud del ser

Cada día experimentamos que la calidad humana de nuestra vida no depende de lo que hacemos, sino de cómo vamos caminando hacia la plenitud del ser, independientemente de que seamos hombre o mujer, joven o adulto, adolescente o persona enriquecida y madurada por el paso de los años.

Vivimos en una época en la que tomamos cada vez más conciencia de la necesidad de promover el nivel cualitativo del ser y de reducir el nivel cuantitativo. Es una nueva paradoja.

El desarrollo sostenible, el consumo responsable, la prioridad al ser, el apostar por una existencia más tranquila, simple y sencilla, es un nuevo arte de vivir que equilibra lo que somos, lo que hacemos, y lo que nos mueve, el sentido del para qué de nuestro ser y actuar, que no se encierra en él mismo, sino que se abre y se deja interpelar por la dimensión colectiva.

Poveda, convencido como estaba de la fuerza transformadora del evangelio, inspira también un modo de diálogo intergeneracional respetuoso y auténtico, encaminado a preguntarnos cómo encontrar juntos caminos y respuestas esperanzadoras a un desarrollo sostenible e integral para todos. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos. (ATA a.e. 2018).

De alguna manera vamos entendiendo que no somos felices cuando queremos que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños, y por eso nos sentimos llamados a dejar un cierto nivel de comparación, de búsqueda desmesurada del éxito para ir recuperando esa conexión con nuestra interioridad, que nos habla de otra abundancia y de otra plenitud, la de nuestro propio ser, siendo personas eminentemente humanas abiertas al Otro y a los otros.

Cuanto más avanzamos en la vida espiritual más descubrimos que ni los maestros espirituales, ni los consejeros pueden hacer otra cosa que favorecer el que cada persona abramos un espacio libre, interior, personal y único en el que podamos descubrir y reconocer nuestro propio camino hacia Dios. Nuestra verdadera felicidad es dejarnos involucrar por un amor total e incondicional.

Conocerse, discernir sus emociones, sus tensiones, sus necesidades, amar y cultivar sus dones y sus singularidades, enriqueciéndose con las de los otros, dejarse tocar por lo que viven los sencillos y los pobres, amar su propia fragilidad y la de los que nos rodean, son algunos criterios para llegar a ser plenamente humanos, plenamente espirituales.

Y en ese camino de crecimiento espiritual, Henri Nouwen, señala tres dimensiones esenciales entre las que nuestras vidas oscilan y se mantienen en una cierta tensión: la relación a nosotros mismos, que se mueve entre el aislamiento y la soledad; la relación a los demás, que se mueve entre la hostilidad y la hospitalidad; y la relación a Dios, que se mueve entre la ilusión y la oración.

Así es como a lo largo de nuestra vida podemos tomar conciencia no solo del aislamiento que nos entristece, sino también de la aspiración a una cierta soledad del corazón; no solo de sentimientos de hostilidad sino también de nuestro profundo deseo de acoger a nuestros hermanos y hermanas desde una hospitalidad incondicional; y más fundamental todavía, no solo de las ilusiones que nos hacen creer que somos maestros y dueños de nuestro destino, sino también y, sobre todo, del frágil regalo de una oración humilde y escondida en lo más íntimo de nuestro ser.

La vida espiritual, sigue diciéndonos Nouwen, como llamada a la plenitud del ser, es un camino de crecimiento, de toma de conciencia progresiva, de liberación de todo aquello que nos impide vivir en y desde el Espíritu (20).

Convencidos, como nos recuerda Pedro Poveda, de que toda la fuerza, toda la seguridad y toda la esperanza, es de Dios, por Dios y en Dios (21).

RedesCubrir la CapaCidad Humanizadora de la fe

En el centro de nuestra fe cristiana está Jesús de Nazaret. Todo lo que conocemos y podemos decir de Dios lo encontramos en el hombre Jesús. Y nuestra vida espiritual es identificarnos cada vez más con la realización humana tal y como la vivió Jesús.

Por eso el lenguaje para comunicar a Dios a nuestros contemporáneos es hacerles entender en la práctica la calidad humana de la vida de Jesús: sus opciones, sus búsquedas, su manera de ser, de amar, de perdonar, de dar sentido a la fragilidad humana.

El 7 de marzo de 1920, en tiempos de grandes retos para el desarrollo de la Institución, Pedro Poveda escribía: Porque nadie puede poner otro cimiento que el que ha sido puesto, que es Jesucristo (…) Él es el inspirador, el sostén, el principio, el fin, el medio, todo en suma (22).

Estas palabras suyas, conocidas y repetidas con frecuencia por todos los miembros de la Institución, introducen uno de los documentos de la Asamblea de todas las Asociaciones a.e. 2018: lo inspiran, lo atraviesan, señalan el centro y el horizonte de búsqueda y compromiso de misión y espiritualidad que los miembros y asociaciones de la Institución queremos plantearnos para el próximo sexenio.

Nuestro presente también es tiempo recio y nos lanza una pregunta incisiva y radical: ¿qué significa hoy, para la Institución, desde su misión y espiritualidad propias, ser y vivir radicada en este único cimiento? (23).


  • 20.- Nouwen H. Los tres movimientos de la vida espiritual. Editorial México. 1998.
  • 21.- CpH. [297] 1929.
  • 22.- CpH. [168] 1920.
  • 23.- “Sal de tu tierra”, ATA a.e., 2018.

La espiritualidad de encarnación de la Institución Teresiana, sigue diciendo la ATA a.e., quiere conjugar fe y mundo, historia y escatología, celebración y trabajo, mística y política, gratuidad y esfuerzo, oración y compromiso, perspectiva crítica y talante de mansedumbre.

Ser buscadores de lo humano henchido de Dios, nos pide redescubrir la capacidad humanizadora de la fe, es decir, de vivir y compartir un nuevo estilo de humanizar: asociados, relacionados, interdependientes.

Es un estilo de hacer y de actuar, que solo puede nacer de una insistencia muy querida a Pedro Poveda: estar llenos de Dios, solo desde ahí puede haber frutos santos, no poniendo la esperanza solo en los recursos humanos, sino en la unión y amistad con Dios.

Los hombres de Dios y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia (24).

Es, con otras palabras, la invitación de la Asamblea de todas las Asociaciones a.e. 2018:

Escuchamos la llamada a caminar humildemente con nuestro Dios y a cultivar una espiritualidad de encarnación que pasa por reconocerle y acogerle en cada persona y realidad creada en la que Él habita.

Elegimos caminar con Jesús acompañando a personas y a grupos, y queremos vivir una espiritualidad itinerante e inclusiva que se ejercita en la hospitalidad, una espiritualidad compasiva que nos hace prójimos de los heridos en el camino, una espiritualidad liberadora que nos empodera y nos une para el bien (25).

Asociados, relacionados, interdependientes, es el estilo con el que queremos caminar entre la gente, con la gente, con las familias, con los jóvenes, con las personas de buena voluntad, y hacerlo como testigos, implicados en el curso de la historia, como buceadores, explorando caminos de una nueva humanidad, como vigías, comprometidos en un futuro inclusivo para todos (26).

En Clave de disCernimiento

En la Asamblea de todas las Asociaciones a.e. 2018, hemos vivido un proceso de construcción colectiva en clave de discernimiento comunitario. La oración que escribió en 1933 Pedro Poveda: Que yo piense lo que tú quieres que piense, que yo quiera lo que tú quieres que quiera, que yo hable lo que tú quieres que hable, que yo obre como tú quieres que obre, ha guiado, orientado y sobre todo inspirado nuestro trabajo. Nos ha ayudado a reflexionar, a dialogar, a percibir diferencias y a integrarlas para poder, en comunión, tomar acuerdos.


  • 24.- CpH. [210] 1925.
  • 25.- “Amad la hermandad, estad unidas para el bien…” CpH. [154] 1920.
  • 26.- Joaquín García Roca, ver nota 8.

Hemos querido abrirnos como asambleístas a un proceso de discernimiento comunitario a partir del documento de estudio Sal de tu tierra, con el fin de elegir los compromisos de misión y espiritualidad que el espíritu nos iba sugiriendo, como resultado del proceso. Nos hemos sentido parte de una comunidad universal, y por lo tanto diversa, y que, en los distintos contextos, se había puesto a la escucha de Dios, a la escucha de los signos de los tiempos. Nos hemos sentido apoyados por una comunidad que, a la luz del Evangelio y del carisma, había orado, estudiado, dialogado, y localmente ya habían discernido por dónde les llevaba hoy el Espíritu, qué caminos eran los proféticos para vivir y compartir en esa realidad nuestra vocación-misión.

Esta experiencia queremos tomarla como báculo y referente para nuestro caminar en este sexenio, porque sentimos que el Espíritu nos lleva por esta clave del discernimiento.

Para vivir, compartir y profundizar, las orientaciones de la Asamblea, siendo eminentemente humanas y todas de Dios, necesitamos ejercitarnos en el arte del discernimiento, y hacerlo a nivel personal, asociativo e institucional.

Algunos criterios pueden ayudarnos a avanzar como pueblo en marcha, como personas y comunidades discernidoras.

En primer lugar, la certeza de que el discernimiento es un don del Espíritu, que debemos invocar:
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? (27).

Y es un don del Espíritu que obra en nosotros, a través de lo que somos, de nuestras capacidades, dones y carismas, y también a través de nuestras fragilidades, errores y hasta nuestro pecado.

Por eso es necesario ver, escuchar y pensar, empezando por una experiencia profunda de interiorización, de oración, de acogida a la Palabra.

Vivir desde la clave del discernimiento espiritual implica ser un oyente asiduo de la Palabra, un siervo de la Palabra al que cada mañana el Señor abre el oído para que escuche como un discípulo (28); entrar en amistad con la Palabra encarnada que es Cristo; y permanecer, conscientes de la presencia operante y viva de la Palabra de Dios, conservándola en el corazón, de forma que brote y dé fruto.

Solo así llegaremos a adquirir una cierta capacidad, un sentir, un “sentido espiritual” que nace de la escucha de la conciencia, de lo más profundo del corazón, que sabe reconocer la presencia del Señor y la manifestación de su voluntad.

Es un camino personal y comunitario, que podemos aprender juntos para hacer crecer en nosotros una sensibilidad espiritual necesaria hoy para acompañar y caminar con otros, sobre todo las personas que la Asamblea nos presenta como compañeros prioritarios del camino de estos seis años: las familias, los jóvenes, los diferentes, todas las expresiones y manifestaciones de diversidad, de injusticia, de exclusión, que no conocemos y a las que queremos abrirnos.


  • 27.- Lc 11,13.
  • 28.- Cfr. Is 50,4.

Si aprendemos así a decidir juntos, las decisiones, las concretizaciones que nos pide la Asamblea serán experiencias de vida y de servicio, fruto de un amor incondicionado, el amor de Dios manifestado en Jesús.Decisiones en las que nos sentiremos empeñados,comprometidos,solidarios, orientadas a un único fin: amar más, amar mejor.

Lo recordó el Papa Francisco el 2 de marzo de 2017 dirigiéndose a los párrocos de Roma:“En este momento, discernimos cómo concretar el amor en el bien posible, en consonancia con el bien del otro” porque “el discernimiento del amor real, concreto y posible en el momento presente, en favor del prójimo más dramáticamente necesitado, hace que la fe se vuelva activa, creativa y eficaz”.

Es el discernimiento que nos propone Teresa de Jesús cuando nos dice: Que tales habremos de ser. Dejémosle pues la última palabra a “la Santa”:

Ya habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar; ¿qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas?… Está claro que hemos menester trabajar mucho (29).

Qué tales habremos de ser: eminentemente humanos y todos de Dios.


  • 29.- Santa Teresa de Jesús, C (4,1).

Por eso en este año de puesta en marcha de las orientaciones de las Asambleas de 2018 nos uniremos en un gran deseo que os propongo compartir y dar a conocer a todas aquellas personas que se inspiran en la espiritualidad de encarnación:


Señor, sé para nosotros camino, verdad y vida.
Haznos hombres y mujeres eminentemente humanos, de Dios.

Carta del año 2019. Maite Uribe Bilbao


 

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